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CATI, MI CERDA, Y MIS DIEZ GALLINAS

grosske | 19 Març, 2006 13:37

"Pasión de Gavilanes" es un sainete de los hermanos Alvarez Quintero comparado con lo que les pasa a Cati, mi cerda, y a mis diez gallinas: amor, sexo, violencia, asesinatos, abuso de poder, multiculturalidad y ejemplos magníficos de convivencia... todo en 1000 m2 de higueras y naranjos que son su hábitat seminatural

Cuando traje las primeras gallinas, lo primero que hicieron fue segregarse en dos grupos de rojas y negras: exactamente igual que en Alabama. Otras variopintas se han añadido después y parece que el factor pigmentario ya no es determinante. Ahora, a la hora de disputarse la comida, se dividen entre fuertes y débiles, grandes y pequeñas; o sea, como en Alabama y como en todo el resto del planeta.

Cati vino después y, al principio, como podéis ver en la foto, era casi tan pequeña como las propias gallinas (ahora no la conoceríais porque debe pesar 70 kilos).

Cati tiene la magnanimidad de los que son realmente poderosos. Sigue compartiendo pacientemente la comida con sus vecinas bípedas, las deja refugiarse en su caseta siempre que llueve y es un ejemplo de tranquilidad, paciencia y buen rollete. También es una tía sin manias porque una vez que la perra mató a una gallina aprovechando un descuido nuestro no dudó en devorarla con la misma tranquilidad y parsimonia con la que iba con ella de excursión en busca de gusanos

Quizás el episodio más lamentable de todos cuantos han sucedido en estos meses lo protagonizó un gallo errabundo que vino a recalar en mi casa saltando la verja que la separa del vecino. Al principio lo acogí con agrado y a Cati, tolerante hasta el infinito, no le produjo ni frío ni calor. Las gallinas, podéis figuraros, lo acogieron con bastante entusiasmo. En los primeros días, no di importancia a algunas ostentosas demostraciones de dominio que hacía sobre el conjunto del gallinero pero, una mañana, al ver dos grandes heridas en el cuello de una de las gallinas, comprendí la tremenda verdad: se trataba de un gallo maltratador.

"¡Serán hijos puta!, pensé. ¡Los gallos son como nosotros!"

No os aburriré con detalles. Al principio intenté mantenerlo fuera de la casa a golpe de pedrada. Intento vano: siempre volvía. Después decidí darle otra oportunidad y perdonarlo. Un error (como siempre en estos casos): por poco mata a la misma gallina. Entonces decidí que no había más remedio que matarlo. "Te das cuenta cabrón - me dije a mí mismo al día siguiente - ¡has hecho igual que el Suarsenaguer!". Y es cierto. Desde entonces, no he dejado de darle vueltas a este peliagudo dilema moral.

¡En fin!, ahora, con la gripe aviar, seguramente tendré que encerrar a mis pobres gallinas, Cati ya no podrá compartir con ellas casa ni alimento y nada volverá a ser como antes

 
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